11 de agosto de 2017

Anécdotas mecánicas

El viejo caballero se aclaró una vez más la garganta y terminó su explicación:

-Total, que cuando me quise dar cuenta, llevaba horas enfrascado en ello y seguía sin conseguir que la vieja tetera de mi tía funcionara como era debido, ¡pero con todo lo que le había hecho, al menos ahora servía para preparar unos gofres deliciosos!

El resto de los presentes rió la ocurrencia preguntándose qué tendría de realidad y qué parte eran imaginaciones del mariscal Stenovic, que solía pasar días enteros en la sala común del Instituto compartiendo recuerdos inverosímiles con cualquiera que se pusiera a tiro. En esta ocasión tenía tres acompañantes, descontando al autómata sirviente de uno de ellos, el cual esperaba pacientemente de pie cerca de su amo.

-No imaginaba que ocurrieran esas cosas durante los ejercicios de campo de su regimiento de fusileros pneumáticos, mariscal. - La alta voz de madame Cherneshevsky, con su acento eslavo, contrastaba con la vacilante y rasposa habla del militar retirado. Sus ojos azules se clavaban en cualquiera que recibiera su atención.

-Uy, si yo le contara, milady. - Volvió a toser con un puño ante la boca. - Un hombre tiene que hacer frente a los retos allá donde se presenten, y además…

-Me disculpará si le interrumpo, mariscal, pero me veo obligada a añadir que no sólo los hombres. - La menuda jovencita de pelo moreno corto y manchados pantalones de taller alzó una mano para acompañar sus palabras desde su sillón junto al del viejo. Al hacerlo, varias de las pequeñas herramientas de mecánico que pendían de sus tirantes chocaron entre sí, tintineando. - Sin ir más lejos, yo tuve que arreglar hace unos meses el carrillón del reloj de la torre del ayuntamiento de Módena de prisa y corriendo con lo que tenía a mi alcance, que era únicamente un juego de levas en su eje y una reductora de velocidad múltiple.

-Hummm, ¿y cuál era el reto, señorita Mutti? - El mariscal parpadeó repetidamente al preguntar, intrigado. - Con esa maquinaria debería bastar seguramente.

La docente de transmisión física de la energía se echó hacia delante sobre su asiento, apoyando las manos en ambos reposaderos y marcando los músculos de sus hombros y espalda, acostumbrados al esfuerzo físico, por debajo de la camisa remangada.

-Pues que eran descartes de una hilatura, el conjunto medía 34 pies de largo, !y pesaba 6 toneladas!

-Oh. Entiendo. - Perplejo, el antiguo militar no añadió nada más, pero los demás volvieron a reír.

En esta ocasión, el único que no había hablado aún intervino.

-Estoy seguro de que el mariscal no tenía intención de ofender, Roberta. - Miró a ambos conciliador. - Todos aquí hemos enfrentado problemas complejos en más de una ocasión. - Alzó casualmente su metálica mano derecha, cuya historia ya conocían los demás.

-Gracias, Herr Folkvanger, muy cierto, muy cierto. - El viejo se volvió hacia ambas mujeres y se inclinó aparatosamente a la vez que se levantaba brevemente de su asiento. - Les ruego disculpen la falta de cortesía de este viejo.

-No se preocupe, mariscal Stenovic. No sería la primera ni la peor ocasión en que un hombre me pone en una situación comprometida. - La mirada de madame Cherneshevsky y el discreto movimiento para asegurarse de que no había nadie más cerca de ellos, les decía que iba a ser una confidencia que no debería contar pero que de todas formas iba a relatarles. De pie, se echó hacia delante entre los sillones del anciano y la italiana y bajó la voz. - ¿Recuerdan ustedes al último Duque de Oro?

-Claro, incluso tuve la ocasión de conocerle antes de retirarme. Un personaje curioso, algo obsesivo en mi opinión. Reconozco que no me sorprendió demasiado la forma en que acabó. - Mutti y Folkvanger asintieron, corroborando las palabras del caballero que a pesar de haber pasado a la reserva del Ejército Imperial Austríaco tiempo atrás seguía luciendo su casaca y sus condecoraciones en su puesto como profesor de historia de la técnica.

-El caso es que vino a verme para proponerme que trabajara con él. ¡Pretendía que yo modificara un huevo de Fabergé para esconder en él un explosivo! Menuda desfachatez. Tenía en mente, por supuesto, atentar contra el zar. Como pueden imaginar, le dí largas y avisé de inmediato al servicio secreto imperial.

-Ah, eso explica lo que le pasó entonces. - El viejo inspiró hondo y se hinchó como una paloma. - Qué orgullo y alegría ver que es usted una fiel defensora del orden tradicional, mi querida dama.

Madame Cherneshevsky soltó una risa elegante pero muy sonora a la vez que volvía la cara de nuevo para mirar a su alrededor, bajando ahora la voz.

-¿Monárquica yo? Me ha malinterpretado usted, mi querido mariscal, el principal motivo para negarme fue que no podía permitir que alguien destrozara una obra de arte, ni yo ni ningún otro. - Ladeó la cabeza con picardía al ver el gesto de sorpresa en los demás. - Además, la zarina organiza unas fiestas espléndidas, lamentaría no poder volver a casa de los Romanov.

En esta ocasión sólo Folkvanger se rió, aunque por lo bajo, conocedor del gusto por las fiestas de la alta sociedad que tenía la ingeniera moscovita invitada por el Instituto para compartir su experiencia durante ese curso.

-Veo que tú me entiendes, Kassius. - La dama y él eran ya amigos desde hacía unos años. - Eso fue poco antes de que llegaras a San Petersburgo con Hans, que en paz descanse. Tengo entendido que este autómata te lo cedió él, ¿no? - Señaló a la máquina humanoide que se encontraba de pie tras del sofá de su dueño.

-En efecto, Ruriek fue un regalo del profesor Linge, aunque desde entonces le he hecho unas cuantas mejoras. - Le guiñó el ojo.

-¿Como cuáles? - La curiosidad de mecánica de Roberta Mutti saltó sin pedir permiso a la palestra.

-Bueno, últimamente he estado refinando su cerebro para darle una suerte de iniciativa. - Gesticuló de forma vaga con las manos. - Estuve jugando con la ampliación de su percepción del contexto y la realización de conexiones espontáneas entre conceptos de su base de datos interna mediante un mecanismo de aleatorización. - Se mordió el labio inferior. - No está aún donde pretendía llevarle, pero estas modificaciones han provocado que aparezcan una serie de guiños inesperados, como por ejemplo,...

En ese momento llegó el camarero a preguntarles si estaba todo en orden y recoger el juego de té.

-¿Desean que les traiga algo más?, ¿quizá algo de pastel de zanahoria?

De repente, antes de que ninguno respondiera, Ruriek se puso en marcha y se acercó al muchacho con la bandeja, poniendo suavemente una mano sobre su hombro.

-A mí si es tan amable, tráigamente un bocadillo de tuercas, joven.

Tras el momento inicial de sorpresa y silencio, ambas mujeres se rieron ruidosamente, acompañadas luego por el mariscal. Todos miraban, no al autómata, sino a su dueño.

-Como iba diciendo, guiños inesperados. - Sonrió disfrutando de lo oportuno del momento. - El más habitual de los cuales es una especie de sentido del humor.



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